En el norte de Ghana, donde los caminos se tiñen de polvo en la estación seca y las sombras se agradecen, hay árboles que no se miden por su altura, sino por lo que han sostenido. En el pueblo de Memunatu Alhassan crecen muchos baobabs: troncos anchos, corteza vieja, ramas abiertas como si cuidaran el cielo.
En casa, nadie lo llamaba “baobab” con solemnidad. Sus abuelos le decían, entre risas y costumbre, el “árbol del pan del mono”. Ella nunca supo exactamente por qué: quizá por el fruto, quizá por las historias que se repiten tanto que ya no necesitan explicación.
Lo que sí sabía era esto: esos árboles eran antiguos y fuertes, “como los abuelos”. Y como los abuelos, estaban ahí antes que ellas… y seguirán ahí después.
La recolección no se fuerza: se espera. Cuando los frutos caen al suelo, las mujeres los recogen y los llevan juntas. No es un gesto rápido; es un gesto aprendido. Memunatu lo describe como algo simple: cae, se recoge, se abre. Y sin embargo, dentro de esa sencillez hay un orden y un cuidado precisos.
Al partir el fruto aparecen las semillas duras, guardadas como un secreto. Primero se secan. Luego, con paciencia, se trabaja para sacar el aceite. No sale de golpe. Sale poco a poco, como si el árbol decidiera cuánto da y cuándo lo da.
Mientras tanto, alrededor pasa lo que Memunatu repite con orgullo: trabajan juntas. Cantan. Se ríen. Se acompañan. Y cuando una se cansa, otra sigue. Porque el trabajo también es eso: una forma de estar unas con otras.
Cuando por fin aparece el aceite, Memunatu no habla de “propiedades” ni de “beneficios”. Habla de lo que ve. Dice que brilla muchísimo, “como el sol”. “Yo no sé mucho de cremas y cosméticos”, dice con naturalidad. “Pero sé que este aceite hace bien a nuestras pieles desde hace mucho tiempo.”
Lo que sabe no viene de etiquetas: viene de experiencia, de repetición, de ver que funciona.
A veces, mientras trabaja, Memunatu piensa en algo que le provoca una alegría silenciosa: que de esas semillas, tratadas con paciencia, alguien muy lejos se cuide la cara. No lo dice como una hazaña. Lo dice como quien comparte una verdad bonita.
“Cuando pienso que de estas semillas alguien tan lejos se cuida la cara, me da alegría. Siento que un pedacito de mi tierra viaja con ellas.”
Tú también formas parte
Cuando eliges un producto hecho con aceite de baobab recolectado y trabajado por mujeres como Memunatu, no solo eliges un cuidado para tu piel.
Estás sosteniendo un trabajo real, una red de mujeres, un modo de hacer las cosas con tiempo y respeto.