En las afueras de Tamale, bajo un techo de chapa y entre montañas de nueces de karité, Sekina trabaja con ritmo firme y mirada decidida. Su historia no empezó con facilidad, empezó con resistencia.
“Antes solo bajaba la cabeza”, recuerda. “Pensaba que las mujeres como yo estábamos para obedecer, no para crear.”
Sekina creció en una familia tradicional. Se casó joven, como muchas. Durante años, su mundo fue pequeño. Hasta que la cooperativa de mujeres llegó a su comunidad y con ella apareció algo nuevo: la posibilidad de decidir por sí misma.
Aprender no fue fácil. Al principio no sabía manejar las prensas ni reconocer qué semillas estaban listas para un uso cosmético. Pero Sekina observaba, preguntaba, se equivocaba y volvía a intentarlo. Y así, paso a paso, se convirtió en experta en la extracción de manteca de karité.
Hoy no solo produce: también acompaña a nuevas trabajadoras.
“Yo misma firmo las hojas de entrega. Yo misma peso lo que hemos producido. Esto es mío. Esto lo hicimos nosotras.”
En un lugar donde durante mucho tiempo el trabajo de las mujeres apenas se veía, Sekina encontró algo simple y enorme a la vez: el derecho a estar orgullosa de lo que hace.
Cuando el producto final sale rumbo a Europa, Sekina se imagina ese contorno de ojos en un baño que no conoce, en un país que nunca ha pisado. Y sonríe.
Porque lo que hace con sus manos no es solo materia prima: es oficio, es valor, es un cambio real en su vida.
“Que lo que tú pongas sobre tu piel te recuerde esto: hay mujeres que han tenido que aprender a levantar la cabeza. Yo fui una de ellas.”