Cada mañana, Sanatu se junta con otras mujeres del pueblo para trabajar el karité. No lo hace sola ni “a ratos”: es un trabajo organizado, con tareas repartidas. Unas recogen las nueces, otras las limpian, otras baten. Se turnan, se ayudan y avanzan por tandas.
Mientras trabajan, cantan. El sonido del batido se mezcla con las voces y marca el ritmo del día. Es un ambiente que se entiende al verlo: manos en movimiento, conversación, risas, y un proceso que se repite hasta que la textura cambia.
De ahí sale una manteca suave, con un olor que Sanatu describe sin rodeos: a tierra y a nuez. La usan para lo que más se necesita en el día a día: piel seca, grietas, zonas castigadas. Deja el cuerpo con brillo y sensación de confort.
Sanatu la usa después del baño y le gusta cómo se queda la piel: más suave, más cómoda.
A Sanatu le da orgullo pensar que otras personas, lejos, sienten también esa manteca en la piel. No lo cuenta como algo “grande”: lo cuenta como una alegría real.
“No somos ricas”, dice, “pero nuestras manos dan algo bueno al mundo.”