Donde vive Hawa, el sol calienta de verdad. Por eso, desde pequeñas, muchas aprenden lo mismo: cuidar la piel con manteca de karité. No como “tendencia”, sino como costumbre. Es lo que se usa cuando la piel se reseca, cuando el calor aprieta, cuando el día se nota en el cuerpo.
Hawa recoge las nueces de karité cuando caen del árbol. Las junta, las lleva a casa o al espacio de trabajo, y empieza el proceso: primero lavar, luego secar bien. Si algo no está en condiciones, se aparta. Aquí no se acelera porque sí: si te saltas pasos, luego la manteca no queda igual.
Después llega lo más duro: machacar las nueces con otras mujeres. Se trabaja en grupo, porque es un proceso largo. Luego se bate durante horas hasta que empieza a cambiar la textura y se convierte en crema: manteca de karité, lista para usar.
Es un trabajo de repetición, de fuerza y de paciencia. Y también de coordinación: manos distintas, el mismo ritmo.
Hawa lo cuenta de forma sencilla: la manteca deja la piel suave, ayuda cuando está reseca por el calor y el trabajo del día, y aporta esa sensación de confort que ella conoce desde niña. “Cuando la uso, siento que mi cuerpo respira mejor”, dice. Es su manera de explicar cómo se queda la piel después: más cómoda, menos tirante.
A veces Hawa piensa en mujeres que están lejos usando algo que salió de sus manos. “No me lo creo del todo”, dice, pero le alegra. Porque entonces su trabajo no se queda solo allí: sirve, se aprovecha, llega.