Fatimata trabaja con lo que da la tierra, sin atajos. Recolecta semillas de karité y de otros frutos cuando caen al suelo. No se arranca, se recoge lo que ya está listo. Luego las lleva a casa o al lugar de trabajo, las limpia una a una y las prepara para el siguiente paso.
Después del lavado y la limpieza, las semillas se ponen al sol. Se extienden, se revisan, se mueven para que sequen bien. Si alguna no está en buen estado, se aparta. Aquí el tiempo importa: si no se seca bien, el aceite no sale igual.
Cuando están listas, viene la parte más física: romperlas con piedras. Luego se baten hasta que el aceite empieza a salir. Es un trabajo de manos, repetido, constante. “Aquí todo lo hacemos con las manos”, expresa ella.
Para Fatimata, este aceite sirve para algo muy concreto: limpiar bien la piel, quitar el polvo del día y dejar la cara suave. A veces lo usa con su hija cuando vuelve del campo. No lo cuenta como ritual, lo cuenta como costumbre: cuando la piel viene cargada de tierra y calor, el aceite funciona.
“No hace falta jabón caro”, dice. “Solo paciencia y hacerlo con cariño.”
Cada vez que Fatimata piensa que ese mismo aceite llega a otros lugares, se alegra. Le gusta imaginarlo así, directo: que lo que hacen con sus manos no se queda allí, que llega más lejos.
“Es como si nuestras manos tocaran muchas vidas”, dice.