La abuela de Adisa sabía de plantas. No por libros, sino por práctica. Le enseñó dos cosas muy claras: esperar a que los frutos caigan solos y no romper las ramas. Era una norma de trabajo, no un consejo bonito. Así se cuida el árbol y así el árbol sigue dando.
Adisa recolecta los frutos cuando están listos, los seca y los guarda con cuidado. No es solo “tenerlos”: es que estén bien guardados para que no se estropeen y para poder trabajar por tandas, cuando toca.
Su forma de explicarlo es sencilla: aquí no hay máquinas grandes, hay manos y constancia.
De ese trabajo sale un aceite que Adisa usa por la noche, cuando la piel “está cansada”. Le gusta porque deja la piel suave y con sensación de descanso. Es su gesto de cierre del día: aplicar, notar la piel más cómoda y ya está.
A veces Adisa piensa que ese aceite lleva algo de su abuela: no como frase grande, sino como realidad. Ella no estudió, pero aprendió lo que necesitaba para hacerlo bien: cuidar el árbol, respetar el proceso y no ir con prisa.
“Eso también es belleza”, dice.